Castellano
Texto: Mercedes Salvador
Fotos: Celia Miralles
Barcelona es una ciudad que colma los sentidos a todas horas del día: por la mañana es bueno dirigir la mirada a los edificios de la ciudad que se están despertando con bostezos anaranjados. Son los balcones que cuelgan sobre la Plaça Reial, algunas cúpulas de colores o la persiana todavía cerrada del Mesón del Café. Porque las persianas de los negocios barceloneses también tienen su propia historia y colorido. Por supuesto los torreones no quieren ser menos y avisan a los rosetones y a la nave central de la catedral dedicada a Santa Eulalia, que se despierten para que nadie deje de fijarse y admirar su luminoso estilo gótico y. A lo largo del día, las miradas se concentran y se enfocan en los detalles, como si fueran máquinas de filmar, y encuentran una ventana que parece salida de una prisión de alto riesgo o una fuente en las que beben y se refrescan las palomas, porque ellas también habitan en esta ciudad mágica.
Pero lo más espectacular llega con el atardecer, cuando las sombras comienzan a bailar por la ciudad y aparecen por debajo de un arco, reflejadas en los edificios de piedra, o tras las bonitas farolas modernistas que cuelgan de las paredes. A veces, como una imagen icónica de la cultura del diseño que reina en la ciudad, se pueden ver al contraluz de los noventa y nueve metros que ocupa El Hotel Vela al final de la plaza de la Rosa dels Vents, en la playa de la Barceloneta. A medida que baja el sol, se encuentra uno en mundo fantasmagórico situado entre destellos de luz y tinieblas crepusculares, y aparece una visión diferente del Museu Nacional d’Art de Catalunya que se hallaba dormido, como un gigante de cuento.
Y entonces cae la noche sin compasión y las terrazas encienden las luces y, cuando hace frío, las calefacciones al exterior. El Hotel Majestic se levanta solemne y desde la peluquería Cebado se asoma una modelo que nos indica que es hora de marcharse a dormir.